El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Mucho lo temo! —replicó la madre—. Y, en tal caso…, ¡Dios nos ampare y nos libre de su venganza!
—¡Madre! Es terrible…, no es mi padre…, no le he amado nunca…, me era imposible… Pero tú, madre…, tú debiste de amarle… en algún momento…
—¡Hija! Fui siempre esclava de Durade —replicó tristemente.
—Entonces… ¿por qué huiste de él? Era afectuoso…, era bueno para nosotras…
—Escucha, Allie. Durade era un tahúr…, un jugador de oficio…, un hombre desatinado, dispuesto a jugárselo todo a una carta. No tenÃa el menor aprecio al oro, pero le fascinaban los juegos de azar. ConstituÃan en él una pasión terrible. En cierta ocasión pretendió jugarse mi honor, pero su contrincante fue demasiado caballero para aceptar la apuesta. Porque… hay tahúres que son caballeros… Creo que entonces empecé a odiar a Durade… Era jugador de ventaja… Me hacia cooperar en sus fullerÃas y en sus artimañas, valiéndose de mi belleza para atraer a sus garitos a los mineros… ¡Mi belleza!… Porque yo era bella… ¡Oh…, que bajo he caÃdo!… Mas él me obligó… A Dios gracias, le abandoné antes de que fuese demasiado tarde…, ¡demasiado tarde para ti!
—¡Madre!… Nos seguirá…