El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Neale durmió hasta muy entrada la mañana siguiente, despertando con la angustia que cada nuevo dÃa traÃa aparejada. Se levantó lentamente, melancólicamente, con la detestable evidencia de no tener nada que hacer. HabÃa querido estar solo y ahora la soledad le abrumaba.
—Si me quedase un adarme de sentido común, me largarÃa de aquà cuanto antes —soliloquió, pensando luego en el fracasado inglés, sereno y tranquilo, en paz con sigo mismo. Y pensó también en la muchacha Ruby, que le habÃa escupido a la cara su desprecio. Le costarÃa mucho olvidar. Aquella mujer, con todos sus defectos, no era cobarde. Era magnÃfica en su perdición.
—Opino que me iré de Benton —murmuró; pero el lugar y su salvajismo le fascinaban—. No…, opino que me quedaré.
Le irritaba sentirse avergonzado de sà mismo. Era vÃctima de sus variadas actitudes, que en resumen no eran sino encubridoras del perenne dolor, de la continua amargura, de la angustia de su pecho, hondas y arraigadas.
Al salir de su alojamiento oyó el pitido de un tren. La escena, calle abajo, era similar a la del momento de su llegada. Entró en un hotel a almorzar, distrayéndose con la contemplación de los presurosos transeúntes. Y cuando concluyó fue hacia la estación.
