El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Cuando llegaron al final de su viaje era de noche. ¡Qué tranquilidad y que quietud después de Benton! Neale se alegro de estar allí, preguntándose si podría conseguir dominar su desasosiego.
¿Reanudaría su pasada vida? Había perdido la confianza en sí mismo y desecho la idea. Quizá la compañía de sus antiguos amigos y la continua actividad efectuarían un cambio en él.
Pasaron la noche en la tienda de Slingerland. A la mañana siguiente, el trampero tenía los caballos preparados a muy temprana hora, pero debido a la presencia de los sioux en las cercanías, se acordó esperar la llegada del tren de descubierta y salir a la planicie bajo su protección y escolta. No muy tarde, el tren, de escasas unidades, y una cincuentena de obreros, estuvo preparado y el trampero y sus camaradas cabalgaron a su amparo. A unas cuantas millas del campamento se detuvo el convoy en un punto que los peones tenían que terraplenar. Neale se sintió atraído, a su pesar. Su amor por aquel ferrocarril era tan desesperado como sus otros amores en la vida.
Los obreros eran hombres escogidos, soldados todos, irlandeses la mayoría. Antes de empuñar palas y picos, formaban pabellones con los fusiles.
—El diablo se me lleve si no es mi amigo Neale —exclamó una voz familiar. Y compareció Casey, con la misma sonrisa y la misma pipa negra de siempre.