El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Al primer disparo de Slingerland, la manada salió de estampía. Y entonces tuvieron que recurrir a toda su destreza para mantenerse a su altura, seleccionando el terreno y siguiendo las órdenes de Slingerland. Neale se halló en pleno torbellino de polvo y de estruendo. La persecución despertó en él una ferocidad que, hasta cierto punto, vino a aliviar su constante duelo. Tenía ante sí a la manada entera. El viento silbaba, el polvo se le aferraba a la garganta y la solevantada tierra le azotaba el rostro; el paso mismo, regular y duro, de su caballo, era un acicate. El trampero seguía disparando a intervalos. Neale veía los penachos de humo, aunque en el fragor de la carrera no pudiese oír los estampidos. Le parecía imposible localizar, como pretendía Slingerland, los anima les sobre que hacer fuego. No podía diferenciar unos de otros. Les seguía de cerca, acosándoles, hasta que final mente, siéndole imposible contenerse por más tiempo, empezó a disparar, viendo algunas de las enormes bestias desplomarse dando media vuelta, quedando patas arriba. El joven siguió galopando.