El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Pudo apreciar lo que significaba estar cerca del cowboy. A cada momento, Larry volvía la cabeza para vigilar a los indios y a su camarada. Empezaron a ganar terreno sobre Slingerland. Brush galopaba hacia la derecha y el irlandés Pat, más distante en la misma dirección, era el peor situado y el que estaba en más apurado trance de todos. Se veían ya los surcos que en el polvo rasgaban las balas de los sioux a su alrededor. Cuando Neale volvió a mirar, los indios se habían fraccionado persiguiendo unos a Brush y a Pat mientras la mayoría continuaban acosando a los tres cazadores restantes desviándose ligeramente a la derecha al ver que Slingerland intentaba ponerse en contacto con el tren de descubierta. Neale distinguió el humo de la máquina y luego el convoy. Parecía aún muy lejos y estaba cierto de que los indios ganaban terreno sobre ellos. ¡Qué jinetes! Semidesnudos, cobrizos, doblegados sobre sus mustangs, dando al viento los arreos y las plumas… ofrecían un salvaje y escalofriante aspecto.
—No te acerques demasiado…, están desplegándose —vociferó Larry.
Neale supuso que los indios se desplegaban presentando así menor blanco al ver que pronto se pondrían al alcance de las balas, y que Larry quería apartarse de él por idéntico motivo.