El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —General, el banderÃn que vengo sosteniendo para ese condenado topógrafo está equivocado de color; deberÃa ser verde[3]
Baxter le indicó con impaciente ademán que cumpliese su encargo, pero el general Lodge, levantando los ojos de los mapas y planos que estudiaba, le miró sonriendo. Era hombre de adusto semblante y marcial continente.
—Casey, elige el color que más te guste —dijo—. Tal vez el verde cambie nuestra suerte.
—General…, aquà no se asentará ferrocarril alguno, pero si se asienta lo habrán asentado los irlandeses —replicó Casey antes de ir a cumplir la orden recibida.
Efectivamente, les quedaba una sola esperanza, la de que el ágil y audaz Neale, con su alertada pupila de hombre montaraz y su habilidad para calcular distancias y pendientes, lograse las coordenadas de la garganta.
Mientras le esperaban, los ingenieros continuaron estudiando los planos y los mapas con el ahÃnco de hombres que no quieren darse por vencidos.