El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El tren fue ganando velocidad y, evidentemente, habÃa rebasado el punto donde los indios podÃan esperar poner obstáculos a su avance. A través de una aspillera, Neale vio que se rezagaban y que ya no daban rodeos al con voy. Su fuego era intermitente. Medicine Bow estaba a la vista.
—Nos tomaremos el resto del dÃa de asueto —declaró Casey complaciente—. Shane, estás muy callado. Y… Mac, hoy te he dejado en ridÃculo.
—¡Qué has de haber dejado! —replicó McDermott—. Yo he exterminado veintinueve sioux.
—Y yo treinta. Y como quiera que no hubiera más de cincuenta… eres un embustero, Mac.
El tren llegaba a Medicine Bow. El fuego ceso. Neale se puso en pie para ver la retirada de los indios. Sus filas no parecÃan particularmente diezmadas.
—¡Duro y a la cabeza! —gritaba Casey limpiando su rifle—. Mac, ¿cuántos sioux mato Shane?
—¡Por Dios! No lo ha dicho aún —contestó McDermott—. Escucha, Shane… ¡Casey!
Al oÃr el cambio de tono, Neale se volvió rápidamente.
Shane yacÃa de bruces en el suelo con el rifle aún entre las ensangrentadas manos. Su postura inerte era singular mente significativa.
—Shane… ¡Viejo! —dijo, pero su voz carecÃa de animación.