El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Al verle, el joven se precipitó hacia él sonriendo:

—¡Neale! ¡Buscarle a usted ha sido como buscar una aguja en un pajar!

Neale no podía recordarle, aunque tampoco puso en ello especial empeño, seguro de que evocaría sus pasa das relaciones con el ferrocarril.

—No le recuerdo —dijo.

—Apuesto a que Larry si —dijo el desconocido dirigiéndose al cowboy.

—¡Vaya! Se llama usted Campbell y era portamira de Baxter —repuso Larry.

—Efectivamente —asintió el otro tendiéndole la mano al cowboy y luego a Neale. Parecía contento y excitado.

—Ahora recuerdo —murmuró Neale reflexivamente—. Y… ¿decía usted haber estado buscándome?

—¡Con un fanal! —replicó Campbell entregándole una carta.

Neale la abrió apresuradamente. Era una apremiante y breve comunicación de Baxter, instando al joven para que volviese al trabajo. Las palabras, que constituían casi una orden, hincharon el corazón de Neale momentáneamente de gozo. Se quedó con los ojos fijos en el papel. Larry leyó la carta por encima de su hombro.

—¡Camarada! ¡Estaba esperando algo así! ¡Vete en seguida! —exclamó.


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