El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Neale asintió en silencio. No deploraba siquiera el efecto de sus palabras en el cowboy. Adivinaba que por alguna causa el momento era crÃtico y decisivo para Larry y… no le importaba. Se iba apoderando de él la más negra de las apatÃas. En su pecho todo parecÃa duro, cruel, monstruoso. Le era imposible amar algo o a alguien. Estaba perdido. ComprendÃa la magnÃfica lealtad del tejano, su único verdadero amigo.
—¡Por amor de Dios, Red! No me hagas avergonzar de mirarte cara a cara —imploró Neale—. Quiero seguir. Tú lo sabes.
—Entonces opino que… ya no hay nada que me retenga —rezongó Larry. HabÃa cambiado de actitud al hablar. ParecÃa haber envejecido en breves instantes. Faltaba el adusto humorismo, la fácil complacencia en él habituales.
—¡Oh! Perdona mi egoÃsmo —exclamó Neale—. Podré no ser el que era, pero… no pienses nunca que pueda faltarte mi afecto.
Salieron juntos y el clamoreo de Benton los envolvió.
Las luces y la música los atrajeron y la sombrÃa noche los engolfó en su seno.
Al siguiente dÃa, cuando por la mañana Neale se disponÃa a almorzar, encontró a un joven cuyo atezado semblante parecióle familiar.