El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Es un problema de ingenierÃa que espero… y deseo que usted nos resuelva.
—¿Quién hizo la primera nivelación?
—Baxter y los ayudantes que tenÃa entonces —contestó el jefe—. Alguien cometió un error. Posteriores nivelaciones nos dan una rasante de quince metros por kilómetro, y eso es imposible. Hemos de rebajarla a doce. Baxter no sale del atolladero. El nuevo topógrafo está hecho un lÃo. Es mal negocio, Neale… no me deja descansar tranquilo.
—No me extraña —concurrió Neale experimentando su antigua hostilidad contra los obstáculos—. Voy a echar una ojeada al terreno.
—Le enviaré a Baxter y a algunos de sus hombres.
—No; gracias. Prefiero ir yo solo de momento.
La aquiescencia del jefe fue silenciosa y elocuente.
Neale salió afuera. El aspecto de las cosas, de los hombres y de los caballos, de cuanto le rodeaba, habÃa cambiado notablemente, de igual manera que él habÃa cambiado. Como el general Lodge dijera, parecÃa otro.