El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Ya entrada la tarde, polvoriento y cansado, entro en la gran sala de oficinas. El general Lodge paseaba de arriba abajo mordisqueando su cigarro. Baxter estudiaba planos con cansado aspecto; el coronel Dillon, Campbell y varios otros de los jóvenes estaban presentes.
Neale vio que su modo de entrar, o su apariencia, o ambas cosas, causaban singular efecto. Y se echo a reÃr.
—¡Ha sido estupendo… el reanudar el trabajo! —dijo.
Baxter levanto la cabeza. El general tiro el cigarro con un ademán que sugerÃa la súbita reacción de un espÃritu cansado pero indomable.
—¿Encontró usted la pega? —pregunto Baxter.
—No —replicó Neale.
La penetrante mirada del jefe comenzó a chispear observando a Neale.
—No pude encontrar la pega, Baxter… porque… no hay pega que encontrar.
Baxter le miro enrojeciendo.
—Muchacho…, ¿no se le habrá subido algo a la cabeza?
—¡Ni que lo piense!, como dirÃa Larry.
—No es cosa de risa, muchacho. Usted acaba de llegar, descansado y fresco, pero aun asÃ, no es razón para tomar a la ligera la dificultad… No es posible…, no puede hacerlo…