El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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XIX

Al despertar bruscamente Neale en la tienda que le fue asignada, vio que era ya día claro. En sus oídos vibraba un penetrante sonido cuya naturaleza, de momento, no pudo discernir. Al terminar, comprendió Que había sido un toque de clarín. Y le siguieron rumores de voces y movimiento de soldados en conmoción.

Abandonó sus mantas, calzándose y endosando su chaqueta. Afuera, los soldados iban y venían en presurosa pero ordenada actividad. Neale pregunto a uno de ellos qué ocurría.

—¡Pieles rojas, Por Dios!… Y en ayunas —contestó el interpelado, con disgusto.

Neale pensó en Allie con el corazón sobrecogido, aunque una rápida ojeada a su alrededor le tranquilizo respecto a la inminencia de un ataque indio al campamento. Atisbo al general Lodge y al coronel Dillon entre un grupo formado frente al alojamiento de los ingenieros. Y fue unirse a ellos.

—Buenos días, Neale —dijo el jefe—. Como verá, ha reanudado el trabajo con todas sus consecuencias. Y Dillon añadió:

—Una modesta diversión para celebrar su vuelta, Neale.

—¿Qué ocurre? —preguntó el joven.

—Acabamos de recibir un telegrama: «Nutrida banda sioux», nada más. El telegrafista dice que cortaron el hilo antes de que terminase el mensaje.


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