El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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—Quiero…, quiero hablar en serio —dijo—; quiero darle gracias a Dios por mi buena estrella. Pensar en ti, en tu trabajo… y en el porvenir…, y tú…, tú no piensas sino en mis labios.

—Puesto que en tu porvenir han de tomar parte muy importante los besos, ¿por qué no empiezas tu trabajo ahora mismo?

—No me atosigues. Cuando pides algo de mí…, sea lo que quiera…, no tengo voluntad. Me siento arrastrada por algo inexplicable…, lo noto ahora como solía notarlo cuando me hacías vadear el arroyo.

—¡Oh! Ése es mi más dulce recuerdo tuyo. ¡Lo que me ha obsesionado! …

Callaron unos momentos. En el espacio iluminado por la luna los centinelas paseaban monótonamente. Un coyote lanzo su aullido agudo y salvaje. El viento ululaba en tono menor. De pronto, Neale se sacudió como si despertara.

—Allie…, se hace tarde y debemos separarnos… El día de hoy ha sido bendito para ambos. Mi gratitud es honda, sincera, salida del fondo de mi corazón, pero… no te dejaré marchar… sin la recompensa.

Ella alzó el rostro blanco y noble hacia la luz de la luna.


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