El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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—Si tan ufana estás…, si tan digno de admiración me crees, ¿cómo es que no he recibido recompensa alguna tuya?

—¡Recompensa mía!… ¿Cuál?

—¿No puedes suponerlo?

Ella estaba pálida, elocuente, grave; él, enternecido, alegre.

—¿Qué puedo hacer, Neale?… No tengo nada… con que recompensar obra tan grande como la tuya de hoy.

—¡Criatura! ¿Y tus labios?

La gravedad de Allie desapareció en una sonrisa.

—¡Vaya!, como diría Larry, ése es mi privilegio. Pero… hablaste de recompensa; mis labios… son tuyos… siempre, mas… no son una recompensa.

—¿No? Escucha. Por un solo beso…, si tuviera que ganarlo así…, excavaría aquellos cimientos…, alzaría sus traviesas y sus rieles uno a uno, con mis desnudas manos y…

—¡Neale! Hablas como un chiquillo. ¿Quién dijo que algo se te había subido a la cabeza?

—Así fue, en efecto…, tu rostro… a la luz de la luna.

Por un instante oculto ella su rubor contra su pecho.


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