El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Eso demuestra tu valÃa… Tu deber fue siempre secundar a tu jefe. ¡Oh! ¡Cómo le aprecio!… Hoy parecÃa hasta rejuvenecido. Les has infundido nuevos ánimos a todos… ¡Oh querido Neale! En lo que puedes hacer por él hay un gran fondo de nobleza. ¿No lo ves?
—SÃ, Allie, sÃ.
—Prométeme… que no le faltará nunca tu concurso.
—Te lo juro.
—Ocúrrame a mà lo que quiera. Hoy estoy aquÃ, contigo, salva…, pero… no es posible predecir lo que… y no me refiero particularmente a Durade y a su cuadrilla… La vida es tan incierta aquÃ… Prométeme que, ocurra lo que ocurra, no abandonarás tu trabajo.
—También te lo prometo —replicó Neale con voz ve lada por la emoción—. Pero… me asustan tus palabras. ¿Tienes… algún motivo de temer por ti?
—No; de veras que no.
—El Destino no podrÃa ser tan brutal para con nos otros… volviéndote a arrebatar de mi lado. En todo caso, no quiero ni pensarlo.
—No lo pienses. Yo tampoco… No te lo habrÃa pedido… si esta noche no hubieran puesto de relieve ante mà tu mérito, tu oportunidad; y estoy tan ufana… ¡tan ufana! Algún dÃa serás célebre, Neale.