El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Muy juntos el uno al otro, se situaron ante la ventana, mirando en silencio el sosegado valle. La luna llena derramaba su pálida claridad a raudales sobre los cerros, y fajas de plata ponÃan en marcado contraste las circundantes sombras. Era tarde. Los centinelas montaban su guardia con mesurado paso.
Allie volvió el rostro hacia Neale.
—Lo que han dicho de ti me causa tanta alegrÃa como el haber vuelto a verte —dijo.
—¿Lo que han dicho? ¿Quién? ¿Qué? —preguntó él como saliendo de un sueño—. Yo no oà nada.
—¡Oh! ¡Yo sà que lo oÃ!… Por ejemplo, mÃster Baxter dijo que eras genial.
—¡Adulación! —replicó Neale—. Más en su punto es tuvo la referencia a los chispeantes ojos, a mi juicio.
—¡Qué grato me serÃa creer que puedo inspirarte! Pero sé y tú sabes, que si no hubiese estado yo aquÃ, la solución del problema se te habrÃa aparecido igualmente. Di la verdad.
—SÃ, es cierto —contestó él francamente— si bien acaso no tan pronto. Hoy me sentÃa capaz de ver a través de las rocas.