El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¿Está usted seguro, muchacho? Mire que… lo que está diciendo parece demasiado grato para ser cierto.
—¿Si estoy seguro? —repitió Neale alegremente—. ¡Mire usted a Baxter a la cara!
Efectivamente, una ojeada al semblante del veterano ingeniero bastaba para convencerse.
Aquella noche, Neale fue el héroe de la fiesta. El jefe y sus ingenieros, los oficiales y sus esposas, todos rivalizaron en esfuerzos para celebrar la vuelta al trabajo del joven.
El ágape fue alegre y reflexivo a la par. Baxter pronuncio un discurso, iluminado el rostro por la satisfacción al ensalzar la juventud, el genio y el poder de inspiración de un par de chispeantes ojos.
Neale tuyo que contestar. Con voz emocionada y profunda entono un canto a la Providencia que le habÃa de vuelto a su trabajo y a una felicidad que ya creÃa inexistente para él. Rechazaba el calificativo de genio que se le habÃa conferido, aunque no la mágica virtud de los ojos negros. Y termino rindiendo un sincero y caluroso acatamiento a Baxter.
Durante la fiesta, Allie permaneció silenciosa, arrebolándose y palideciendo alternativamente. Para ella era una prueba conmovedora. Finalmente, Neale y ella lograron escabullirse, reuniéndose en el aposento testigo de su primera entrevista de aquel dÃa.