El Caballo de hierro
El Caballo de hierro De repente, en la parte exterior del parapeto, resplandeció una viva llamarada. Se había incendiado uno de los pabellones. Los indios la acogieron con estridentes chillidos. Neale y sus compañeros se agazaparon en la oscuridad. La encendida lona comunicó, en breve, el fuego a la contigua, ardiendo ambas como si fuesen de papel e iluminando el campamento y las vertientes. Pero… no se vio ni un solo indio. Los alaridos cesaron. Neale oyó el zumbido de sus saetas. Casi al mismo tiempo, la techumbre de los alojamientos de los ingenieros, formada por simples tiras de lona sobre bastidores de madera, empezó a arder. Al minuto, el techo de la cabaña estaba en llamas. El fuego se fue propagando de pabellón a pabellón y la escena apareció tan claramente iluminada como por los rayos del sol. Se volvió a oír el crepitar de los rifles. Los astutos indios descargaron una lluvia de balas en la empalizada y sobre las paredes de los edificios… Los defensores, en tanto, no acertaban a ver ni uno solo de sus sitiadores contra quién dirigir sus disparos.
Anderson, Neale y Baxter celebraron grave conferencia, en la que convinieron con el explorador en lo desesperado de la situación y en la necesidad de desalojar las tiendas y sacar a las mujeres.