El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Neale, amparándose en la empalizada, fue hasta su abertura. Por aquel lado, las edificaciones quedaban aún en la penumbra que se iba esclareciendo. Corrió a lo largo de la pared, oyendo silbar las balas a su alrededor. En la parte trasera de la cabaña, los indios parecían haber acumulado fuerzas. Neale llegó a la esquina, asomando la cabeza cautamente. Las incendiadas tiendas iluminaban aquel sector. Vio a los niveladores diseminarse y echar a correr los unos hacia un lado de la cabaña, hacia el opuesto varios de ellos, y hacia la puerta y la ventana que aún quedaba entre sombras. En aquel aposento había una puerta abierta y por ella vio arder la techumbre de las habitaciones de los ingenieros, oyendo asimismo los aterrados gritos de las mujeres. Evidentemente, salían por su propia iniciativa hacia la empalizada. El joven se dirigió al lugar donde había dejado a Allie y la llamó. No obtuvo respuesta, porque el estruendo de afuera y el rugido de las llamas ahogaban su voz. La habitación estaba a oscuras. A tientas recorrió la pared, la chimenea, la esquina. Allie no estaba allí; sus manos entraron en contacto con el saco que le había confiado, conteniendo los mapas y documentos recogidos previamente. Sin duda, al huir de la incendiada cabaña lo había dejado caer, pero… no era propio de la muchacha obrar así. Mientras tuviese fuerzas y sentidos, Allie no se habría separado de una cosa confiada a su custodia. Quizá no había salido de la cabaña. Neale prosiguió su búsqueda, dándose cuenta del acrecentamiento de la contienda afuera. Oyó los traquidos de la madera sobre su cabeza. La cabaña ardía como tea… En el aposento trasero había hombres combatiendo, gritando… Neale sólo pudo entrever formas imprecisas y los fogonazos de los disparos. El humo era muy denso. Alguien, desde dentro o fuera, estaba pretendiendo echar la puerta abajo con un pico.