El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Neale decidió que cualesquiera que hubiesen sido sus movimientos, Allie no habría seguramente entrado en aquel aposento. Volvió sobre sus pasos, siempre a tientas en la oscuridad.
De pronto, un mayor volumen de ruido ahogó los traquidos, los disparos y los gritos. Neale corrió a la ventana. El resplandor de los incendiados pabellones decrecía. Pero en los bordes del área luminosa vio destacarse una hilera de hombres a caballo.
—¡Los soldados! —gritó alborozado. Un enorme peso pareció descargarse de sus hombros. Las tropas rendirían breve cuenta de aquella banda de traicioneros sioux.
Corrió otra vez al aposento trasero, logrando hacerse oír a pesar del bullicio. Aparentemente, la nueva de la llega da de refuerzos no afectó a los allí congregados. Su ansiedad por Allie le hizo olvidarlo todo, incluso la liberación del campamento. La cabaña estaba ardiendo, pero se proponía no abandonarla hasta tener la absoluta certeza de que la joven se hallaba escondida o desmayada en su interior. Cuando terminó la búsqueda, la techumbre comenzaba ya a derrumbarse. Saltando por la ventana volvió a la empalizada.