El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El golpe fue terrible. Pero no se dejó rendir por él. Ni por un instante aceptaba la teoría de sus simpatizantes amigos de que Allie, saliendo enloquecida por el terror del aposento en llamas, hubiese caído en poder de los sioux. Volvió con los niveladores, no sorprendiéndole ver que había desaparecido el tren de carretas con el que cruzara al ir en busca de refuerzos. Siguió sus huellas hasta el próximo campamento, perdiéndolas allí al confundirse sus rodadas con el tráfico de la más concurrida carretera. Al día siguiente hizo a caballo el recorrido hasta Benton, pero todas sus indagaciones, todos sus esfuerzos fueron estériles. Si bien la desesperación y el abatimiento se apoderaron de él, ni por un instante pensó en darse por vencido. Recordaba cuanto Allie le había dicho. Aquellos granujas habíanse apoderado otra vez de ella. Daba entero crédito a sus palabras, hallando un cierto consuelo en la idea de que, si estaba nuevamente en poder de Durade, no se hallaría al menos a merced de rufianes como Fresno. Aunque precaria, la esperanza le sostuvo, confirmándole en su decisión de dedicar el tiempo que su trabajo le dejase libre a buscar a Allie.
Ésa fue la causa de que Neale, luego de cumplir con su obligación en la línea durante el día, regresase al anochecer con las brigadas obreras a Benton. Si Allie Lee vivía, tenía forzosamente que estar en Benton.