El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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XX

Neale fue a alojarse con su amigo Larry. En un principio estimó preferible no decirle al cowboy su encuentro con Allie y su segunda desaparición. Y cuando finalmente se decidió a hacerlo fue para lamentar al punto su imprudencia.

Larry tomó muy a pecho la noticia, inclinándose hacia la idea de que hubiese caído otra vez en poder de los indios. Empero se expresó en términos de extremada acerbidad hablando de los tipos de la calaña de Fresno y, en general, de toda la caterva de rufianes, forajidos y hombres fuera de la Ley, tan abundantes en Brenton.

Neale suplicó a Larry cautela y precaución, haciéndole ver la conveniencia de proceder encubiertamente, de ir averiguando con la mayor discreción y prudencia cuanto pudiese conducir a encontrar a Allie en vez de obrar con impetuosidad y alocamiento.

—Camarada, opino que Allie está perdida —dijo sombríamente Larry.

—¡Oh! ¡No, Larry, no! Sin saber porqué, presiento que vive… que está bien. Si hubiese muerto e algo peor, ¿crees que no me lo diría el corazón?

Larry no quedo convencido. Conocía en sus más recónditos aspectos la vida fronteriza y sabía cuánto una mujer como Allie tenía en contra suya.

—Opino que habrá que dar con ese Fresno —dijo.


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