El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Y se hundió más que nunca en la vorágine de la vida noctámbula de Benton.

Una tarde, al volver del trabajo, Neale halló al cowboy en su alojamiento. En la semioscuridad, la actitud de Larry le pareció extraña. Tenía entre manos el biricú. Neale encendió la lámpara.

—¡Red! ¿Qué ocurre? ¡Estás pálido! Estás enfermo.

—En el salón de baile querían ponerme en la calle —dijo.

—¿En cuál?

—En el de la Stanton.

—Y… ¿te pusieron?

—Opino que no. Me fui yo. Y tarde o temprano desalojaré yo ese local.

Neale no sabía qué pensar de la apariencia del cowboy. Larry parecía relajar. Sus labios, usualmente firmes y duros, temblaban, como temblaban sus manos. Con sombrío y torvo talante balanceo el biricú en la mano como indeciso de separarse de él aun para acostarse.

—Red…, ¿qué has hecho? —pregunto Neale empezando a vislumbrar la verdad.

Larry le miro y su mirada confirmo la suposición.

—¡Efectivamente! —rezongó el cowboy adivinando la pregunta que el otro no se atrevía a formular.


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