El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Querido crítico y amigo: Citando a Stevenson quizá se me tache de presuntuoso al pretender narrar la historia del tendido del ferrocarril «Union Pacific».
Pero en más de una ocasión, a la luz de la hoguera de mi campamento, bajo el estrellado cielo desértico, he escuchado de labios de mi viejo guía Al Doyle sus experiencias como carretero… y luchador, durante los trabajos de construcción de la magna obra. Y fue como si viviese yo mismo aquel período épico, de sangre, de concupiscencias y de muerte; de indecible labor titánica, de heroísmo y sacrificio insuperados en el Oeste.
Es usted un enamorado de ese Oeste, y sus viajes y sus estudios sobre los históricos episodios de sus fronteras han sido factores importantes en este libro mío, porque, al igual que las nobles palabras de Stevenson, me han hecho ver la maravilla, la dignidad, la importancia del tema.
Para el romance, para la inspiración, he recurrido a mi propio amor por el selvático desierto y las praderas y las montañas; con ellas, con las historias de Doyle de muertes súbitas, de terribles vesanías[1], y del magnético poder del oro, es como si aquellos tiempos, su labor y sus violencias se hubiesen amalgamado en mi imaginación.
