El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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El oro que no corría sobre el mostrador del bar pasaba a las ávidas manos del glacial y rápido tahúr o a las crispadas garras de mujeres de ojos extraviados. El mayor garito tenía mesas extraordinarias, mayor número de servidores, y allí, ante el refulgente y exótico bar, se agolpaba, riendo y gritando, una embrutecida masa de humanidad. Y por doquier, en el resto del local, se apiñaban hombres alrededor de las mesas de juego, atentos, obsesionados, atisbando con desencajadas pupilas, escuchando con tensos oídos, alargando temblorosas manos…, para acabar arrojando sus cartas y sus montones de oro hacia profesionales de marmóreas facciones, con una mascullada imprecación. Era una noche de áurea cosecha para los tahúres; para aquellos hombres de negras vestiduras y nervios de acero. Sabían lo fugaz del tiempo, del momento y de la vida.

En los salones de baile la animación era indescriptible; una inmensa e increíble jovialidad, una frenética refocilación de titanes, un continuo jolgorio de seres sinceramente borrachos. Pero había también la repulsiva, odiosa embriaguez que estría de sangre las pupilas y que no dimana de la bebida; la lujuria sin recato, fruto del momento, salvaje y repulsiva.



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