El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Se puso el sol; cayó el crepúsculo, se calmó el viento y la noche envolvió a Benton. El rugido del día amainó hasta convertirse en algo parecido al ronroneo de una hiena. Las amarillentas antorchas y las brillantes lámparas, la pálida claridad que filtraba por las paredes de las tiendas, acentuaban la negrura de la noche, llenando el espacio de sombras, como espectros. Las calles de Benton estaban llenas de hombres borrachos tambaleándose. No se veía mujer alguna. La oscuridad parecía un manto cruel y lastimoso. Ocultaba la fuga del que huía aterrado; ablandaba el fragor de la reyerta y el estampido de los pistoletazos. A su amparo, soldados olvidadizos de su deber se escurrían, aserenados y vergonzantes. Y bandidos homicidas aguardaban emboscados. Jugadores juveniles, embriagados por su buena suerte, corrían en busca de otros antros donde dejar el fácilmente adquirido dinero, encontrándose en el camino con largas hileras de hombres de todos los colores y todos los dialectos a los que su concupiscencia hacía hermanos.
La vida en Benton era aquella noche aborrecible y monstruosa. Cafés, tabernas, hoteles y salas y salones de todas clases estaban llenos de una muchedumbre de hombres ebrios, ebrios de alegría, ebrios de alcohol, ebrios de salvajismo…, lujuriosos y enloquecidos, derramando el oro y la sangre.