El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Al atardecer, Benton aceleró el paso. Se acercaba la hora en que los salones de baile y los entoldados tenían que hallar sitio para nuevas falanges, frescas y opulentas. El enjambre humano poblaba aún las calles. Las camisas, blancas o rojas o azules, ponían una nota de color que el polvo era incapaz de amortiguar. Mujeres vistosamente ataviadas entraban y salían de los salones públicos. Todo era excitación, movimiento, color, alegría y polvo, viento y calor. La gente transitaba a su pesar empujada por los que venían detrás. La música, las risas, el entrechocar de copas, las voces y los roncos gritos de los vendedores ambulantes se fundían en una especie de rugido…, un rugido que, comenzando con una nota simpática, terminaba en una cacofonía.