El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Mucho antes de que la mitad de aquel gentío hubiese cobrado su paga. Bates yacía cadáver en el arenado suelo de una taberna, muerto en una reyerta.
Y el irlandés Mike había cobrado sus treinta dólares.
Y el negro, abierto la cabeza a su amigo.
Y el carretero, olvidado mandar dinero a su casa.
Y su camarada, pagar el traje que llevaba puesto.
Y Bandy, sus fáciles promesas.
Y Frank, que el anterior día de paga se emborrachó, había esta vez tenido presentes a su mujer y a su hijita, cumpliendo con su deber hacia ellas.
El espíritu del día cambió, como el de las masas, con la llegada del oro.
Comenzó a soplar el viento, a alzarse el polvo, a que mar el sol, y pasaron la frescura y la serenidad de la mañana.
La calle central de Benton se llenó de hombres polvorientos. Un incesante tramp, tramp, tramp, resonaba en sus aceras de tablones al paso de las innúmeras huestes. Comercios, restaurantes, hoteles y tabernas gozaron las primicias de los enriquecidos por la paga. Benton se tragaba a los obreros tan aprisa como iban llegando del tren. Era insaciable. Las charangas tocaban aires marciales y los sol dados que habían servido en tiempo de la Rebelión, volvían a sentir el escalofrío y la pujanza de otros tiempos.