El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Una pendiente gradual arrancaba de Benton, cruzando el árido desierto hacia Medicine Bow. La línea férrea la hendía, reduciéndose a un mero hilo en el horizonte. Los impacientes allí congregados divisaron, al fin, una huma reda a lo lejos y luego la hilera de movedizos objetos. Entre la muchedumbre se alzó un inquieto murmullo. ¡El tren estaba a la vista! A juzgar por el sutil cambio, desasosegado, nervioso, que sufrió la multitud, habríase dicho que era presagio de alguna calamidad. Se inició un lento pero irresistible avance, hijo del unánime deseo de ocupar los lugares más próximos al convoy. Una pendencia aumentó el desconcierto. Desde lo alto de un vagón, un capataz gritaba órdenes que nadie atendía. Cuando silbó el tren su entrada en Benton, un ronco alarido salió de aquella masa de hombres, pero no de un grupo, ni de todos…, sino como pasado de boca en boca…, sonido extraño, inicial de otros más extraños todavía.

Llegó el tren. Bajó su escolta de soldados para mantener el orden. Y la muchedumbre se fue individualizando al entrar uno a uno por un lado del vagón, saliendo por el otro.

Bates, un gigantesco cavador, bravo de oficio, fue el primero de la fila; el primero en percibir su parte de las fortunas en oro que salían del vagón aquel día.


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