El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Ahora me acuerdo! ¡Tengo que pagar el traje que llevo puesto! …
Un grupo de ajustadores charlaba en un altozano próximo a la vÃa.
—Bandy…, estás mal de la vista.
—¡Yep! Ahà viene… —corroboró un tercero—, y… ya era hora. No tengo ni un perro gordo que echar a pelear con otro.
Le rieron la ocurrencia todos excepto uno de sus camaradas, que, más callado, tenÃa los ojos fijos en el horizonte. Estaba pensando en su hogar, en su esposa y su hijita y en lo que un dÃa de paga representaba para ellas.
Bandy le puso una amistosa mano sobre el hombro.
—Frank, el último dÃa de paga la cogiste de tamaño natural…, toda la noche anduviste suelto. Yo me propongo esta vez tener sentido.
Frank lo recordaba, pero no dijo lo que en el último dÃa de paga habÃa olvidado.