El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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A las nueve, más de cinco mil hombres congregábanse en la estación, diseminados en su mayoría por el abertal en la parte de la línea que daba al desierto. Esperaban la llegada del tren de numerario. Era la única hora de orden absoluto que conocía Benton. Se oían risas, profanidad, tumulto, un continuo zumbido que, comparado con el habitual rugido, era agradable. Los obreros charlaban en grupos y, como todas las muchedumbres de hombres sosegados y serenos, muy dados a bromear.

—¿Qué es lo que debo, Mike? —preguntaba un fornido nivelador.

Mike se rascó la cabeza.

—¿No eran treinta dólares esta vez?

—Lo eran —asintió el otro—. ¡Qué memoria tienes, Mike!

Un gigantesco negro se hacía el bravo ante sus compañeros.

—¡Voy a abrirle la cabeza a ese condenado! —proclamaba.

—¡Qué es tu amigo, Bill!… Sosiégate, hombre, sosiégate —aconsejó un camarada.

Un carretero escribía una carta con una tabla por mesa sobre las rodillas.

—¿Vas a enviar dinero a casa, Jim? —preguntó uno.

—En cuanto cobre mi paga —asintió el otro.


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