El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El poblado, con sus acrecidos millares, despertó temprano. La mañana era clara, fresca y sonrosada. En el desierto, los matices cambiaron de gris pálido a rojo, y los remolinos de polvo que seguían al viento parecían nubecillas radiantes con todas las tonalidades de la puesta del sol. El silencio, la soledad y la ininterrumpida llanura ofrecían vívido contraste con el agitado torbellino que era Benton. Al anochecer, el poblado parecía un hormiguero del que se alzaban cantos, gritos, aullidos y toda clase de ruidos groseros, crudos, toscos, pero llenos de alborozo. El día de paga y de asueto había llegado.
Casey era uno de los millares de obreros soldados que adaptaban su modo de ser a las circunstancias. Él y sus semejantes eran peones que con una palabra podían transformarse en regimientos. Afeitaron sus hirsutos rostros y vistieron lo mejor del cofre… el tropel de bronceados, recios, turbulentos muchachos. Sobre sus anchos hombros, la eterna maldición de Adán parecía ligera carga.
Por excepción, aquella mañana no se alzó el viento que usualmente tenía los quince centímetros de polvo blanco en continuo movimiento. Hasta los elementos esperaban. Las fuerzas celestiales sonreían en la diáfana y cristalina mañana… y las del averno aguardaban el curso de las horas, la oscuridad y la noche.