El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Por eso Allie tendía el oído a todos los sonidos, especialmente a los pasos, aguardando el que vendría a sus pender los latidos de su corazón.
Alguien entró en el aposento contiguo al suyo, manoseando la ruda puerta que estaba siempre cerrada por fuera. Se abrió y Stitt, el sordomudo que la custodiaba, apareció cargado de paquetes. Entrando, los dejó sobre el lecho de Allie y, por señas, le dio a entender que debía cambiar de atavío por lo que los bultos contenían, indicándole también la conveniencia de apresurarse porque iban a sacarla de allí. Luego se retiró, volviendo a cerrar y atrancar la puerta.
Las manos de la joven temblaban al abrir los envoltorios.
Aquella hora podía ser la de su liberación. La sorprendió hallar un ajuar completo de ropas femeniles, bien confeccionado y de excelente calidad. Luego en Benton había tiendas y mujeres. Apresuradamente, realizó el cambio oportuno y grato. El vestido no le estaba tan bien como habría sido de desear, pero la toca y el abrigo eran satisfactorios, así como el calzado. Halló entre las prendas un largo velo oscuro, preguntándose si debería también ponérselo.
Un tabaleo a la puerta precedió a la llamada.
—¿Estás lista, Allie?
—Sí —contestó.