El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Se volvió a abrir la puerta, entrando Durade. ParecÃa más delgado que la última vez que le viera, más pálida su cetrina piel y en su rostro veÃanse rastros de tensión y de apasionamiento. Allie comprendió que estaba bajo la influencia de alguna violenta y reprimida excitación. ParecÃa perder más y más su antiguo carácter, su digna cortesÃa española.
—Ponte ese velo —dijo—. No es hora aún de que Benton te vea.
—¿Me… sacas de aqu� —preguntó.
—A corta distancia. Tengo un nuevo lugar —replicó—. Ven. Stitt se hará cargo de tus cosas.
Allie no podÃa ver claro, con el tupido velo en la cara, y tropezó en el umbral. Durade la cogió del brazo, llevándola inmediatamente afuera. El aire era opresivo, ventoso, polvoriento. La calle parecÃa llena de gentes ociosas. Al pasar con Durade, Allie oyó fragmentos de conversaciones; algunos la miraban con repulsivos guiños y Durade aceleró el paso. Un transeúnte se dio un encontronazo con ella y otro le pellizcó el brazo al pasar. El insólito y soez vocabulario trajo a su rostro vÃvido sonrojo.