El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Caminaron un trecho enarenado y luego una acera de tablones hasta llegar a lo que parecía una estructura de ladrillo, pero que, visto de cerca, resultó ser de madera pintada. Resonaba en el lugar un martilleo. Su aspecto era agradable, aunque no daba sensación de solidez. Durade la llevó por dos vastas piezas a una más pequeña, amueblada de nuevo.

—Lo mejor que hay en Benton —dijo Durade señalando con un ademán el mobiliario—. Estarás bien instalada. Tienes libros…, diarios… Esa puerta da a otro aposento, que es oscuro, pero en el que hallarás lo necesario para tu aseo. Y un espejo… Después de cuanto has tenido que soportar, esto debe de parecerte suntuoso.

—En efecto —replicó ella quitándose el velo y el abrigo—. Pero… ¿he de permanecer aquí encerrada?

—Sí; alguna vez, al oscurecer, te llevaré a dar un paseo…, pero Benton es…

—¿Qué?

—Benton tiene contados los días —terminó él, encogiéndose de hombros—. Nacerá otro poblado similar…, más allá de la línea…, y a él iremos. Y después, a Omaha.

En más de una ocasión había ya aludido a su deseo de ir al Este.


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