El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Tarde o temprano, daré con tu madre —añadió sombrÃamente—. Si no lo creyese asÃ, de muy distinto modo me portarÃa contigo.
—¿Por qué?
—Quiero que te vuelva a ver tal y como te dejo. Después… ¿no me dirás nunca como logro rehuirme?
—Te repito que ha muerto.
—Eso es falso, Allie. Está escondiéndose en alguna cabaña de trampero o entre los indios. No debà nunca abandonar la comarca donde encontraste nuestra caravana, sin reconocerla antes palmo a palmo, pero los exploradores temÃan hallar a los sioux. ¡Los sioux! Tuvimos que acelerar el paso y… no pude desentrañar la verdad de tu extraña aparición en aquel camino.
Allie se convenció de que la reiteración de la muerte de su madre no surtÃa otro efecto en el tahúr que el de con firmarle en su existencia. En tanto que lo creyese asÃ, ella estaba segura mientras le obedeciese. Sus palabras encubrÃan un terrible, un siniestro significado. No podÃa dudar de que él tuviese la naturaleza y el poder de valerse de ella para vengarse de la madre. Esa pasión y la del oro eran lo único por lo que, al parecer, vivÃa.
De pronto, la cogió con feroz violencia por los brazos.
—¡Eres su vivo retrato! —exclamó.