El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Durade la llamó. Con el corazón encogido, Allie se puso en pie y abrió la puerta. Desde aquel instante no habrÃa para ella ni un segundo de monotonÃa… ni de tranquilidad… ni de seguridad personal. Empero, se alegraba y afronto con resuelto denuedo la estancia. Neale o Larry podrÃan estar en ella.
Durade habÃa amueblado lujosamente el lugar, con la obvia idea de utilizarlo como sala de juego particular, a la que llevarÃa a jugadores especialmente seleccionados por él. Allie vio ocho o diez hombres, mineros o peones por su apariencia.
El tahúr la condujo a una mesa, colocada bajo una estanterÃa llena de botellas y de copas, dándole instrucciones de lo que habrÃa de hacer al ser requerida, añadiendo que Stitt la ayudarÃa. Y haciéndola instalar en una silla se reunió con todos los demás concurrentes. Le era difÃcil a la muchacha alzar la vista y no podÃa resolverse a hacerlo.
—¿Quién es esa chica, Durade? —pregunto uno.
El tahúr no contesto, limitándose a sonreÃr misteriosa mente.
—Apuesto a que viene de California —dijo otro—. Crecen asà de lozanas por allá.
—Vamos a ver: ¿es tu hija? —pregunto un tercero.