El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Mas Durade decidió continuar siendo misterioso, dejando así a sus invitados campo abierto para encubiertas miradas sin darles la certeza de que permitiría brutales confianzas.
Se sentaron en torno a una mesa a jugar al faro.
Durade pidió bebidas. Allie, sobresaltada, se apresuro a satisfacer su demanda. Cuando levanto los ojos y vio sobre sí los de aquellos hombres, experimento una sensación que en cierto modo traía a su memoria los días de California. Sentíase flaquear las piernas; una violenta indignación hervía en su pecho; tuvo que obligar a sus miembros a transportarla de un lado a otro del aposento. Su espíritu decaía y se alzaba a intervalos. Decíase a sí misma que miradas, palabras, incluso contactos, eran sólo vergonzosos y ofensivos para ella en gracia al momento; que debía aprovechar su acicate para aguzar su ingenio y fortalecer su temple. Era indudable que a la sazón hallábase desvalida. Pero vivía y su amor era infinito.
Fresno estaba entre la concurrencia, jugando con dos militares a los dados. A su natural fealdad aunábase algo que había desposeído su semblante del bronceado tinte propio de la vida al aire libre, trocándolo por unos surcos amoratados y profundos, indicios de su bestial apetito. Benton había hecho de un mal hombre otro peor.