El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Mull estaba también allí, más basto aún que cuando dominaba el campamento de niveladores, embrutecido por el alcohol, colgante el belfo, tosco, brutal, evidenciando en sus menores gestos su matonismo. Estaba anunciando una ruleta, anunciando con su vozarrón los números. Le acompañaba un hombrecillo cetrino, de facciones vulpinas, ojos movedizos e inquietas manos, que, al parecer, se llamaba Andy. Los dos se dedicaban a «desplumar» a varios ajustadores semiembriagados.
Durade jugaba al faro con otros cuatro o, cuando menos, éste era el número de los que se sentaban con él. Uno de espaldas a Allie, vestía de negro y parecía diferente de los demás. A todas luces, encocoraba a Durade el que ganase. El tahúr le interpeló llamándole Jones.
Dividiendo su atención entre el juego y Allie, había además unos cuantos espectadores. Ocasionalmente abríase la puerta, entrando cada vez un sujeto distinto, celebrando una bisbiseada conferencia con Durade y volviendo a salir. Todos tenían el mismo crapuloso aspecto que caracterizaba a Fresno. El tahúr habíase rodeado de subalternos y camaradas en quienes podía confiar si la ocasión lo requería.
Allie no tardó en cerciorarse de ello, como en advertir que entre los jugadores reinaba una evidente desconfianza.