El Caballo de hierro
El Caballo de hierro La mayorÃa estaba bajo la influencia de la bebida que Durade ordenaba servir sin cesar. Era obvio que su generosa dispensación tenÃa un fin determinado.
La sesión de tarde terminó pronto. A juicio de Allie, Jones, el pálido y frÃo profesional, fue el único en salir ganancioso. La actitud de Durade mientras saldaba sus cuentas no era agradable. Siempre habÃa tenido mal perder.
—Mañana continuaremos, Jones —dijo.
—Quizá.
—¿Por qué no? ¡Está ganando! —replicó Durade acaloradamente.
—El que gana manda —dijo Jones con enigmática sonrisa. Sus finas pupilas se posaron en Allie pareciendo traspasarla, y luego en Durade, Mull y Fresno.
Con femenil intuición, la muchacha comprendió que si Jones volvÃa no serÃa ciertamente porque se fiase del terceto.
Durade hizo un esfuerzo por dominar su resentimiento, pero jamás habÃase acentuado de tal modo la palidez de su semblante. Salió con Jones, seguido por los demás.
Fresno se acercó a Allie.
—¡Hola, chiquilla! Estás aún más bonita que vestida de india —dijo.
Allie saltó de su silla dispuesta a defenderse o huir. Durade se habÃa olvidado de ella.