El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Fresno observó sus ojeadas a la puerta.
—Se está acabando —dijo señalando con la mano a la salida—. Benton es demasiado para gentes de su calaña… Una mañana amanecerá tieso y… más valdrá estar a buenas conmigo. Tú no eres de su clase… te odia tanto como tú a él. Me consta. No soy ningún babieca. Y… me gustas. ¡Ojalá no te hubiese vuelto a traer Durade!
—Fresno… se lo diré —replicó Allie. Si confiaba intimidarle se equivocó.
—Repito que me gustas —dijo—, y Durade es un chivo, un fullero… todos los juegos están amañados, pero Benton no tolerará un tahúr, todo elegancia, que hable fino y juegue sucio, Quizá no te ha dicho nadie cómo es Benton.
—No sé… ¿cómo es? —dijo Allie. Por alguien tenÃa que saberlo.
Fresno pareció corto de palabras.
—Es… una colmena —replicó—, y cuando las abejas vuelven con su miel… las hormigas rojas y los escorpiones y las serpientes de cascabel hacen su agosto. He visto lugares de todas clases, pero Benton los deja chiquitos… Escucha… te sacaré por las noches a ver… las vistas y te tratare como mereces. Te digo que…
La entrada de Durade interrumpió su proposición.
—¿Qué le dices? —preguntó airado Durade.