El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Aprovechó el breve período para relacionarse con los hombres con quienes en el porvenir tendría que entenderse. Entre ellos y en el ordenado estruendo de los talleres ferroviarios y la animación de la ciudad, perdió, aunque sólo fuese temporalmente, la obsesionadora sensación de dolor y de angustia. Le halagaba, a su pesar, la deferencia que todos le demostraban y su antigua costumbre de crearse amistades le fue de gran utilidad. Estaba seguro en su puesto. Corrían rumores de la próxima construcción de ramales del U. P. Se le pedía consejo, se le importunaba con peticiones de empleo, se le invitaba acá y acullá. De forma que los días en Omaha fueron para él a la vez provechosos y agradables.
Hasta que llegó un telegrama de Warburton requiriendo su presencia en Washington.
Invertíanse entonces dos días en la jornada y para Neale pasaron muy lentamente. Le parecía acrecentarse su importancia cuanto más duraba el viaje y el hecho le causo una cierta diversión. En el fondo, le parecía un sueño.
Cuando llegó al hotel designado en el telegrama, Warburton le acogió calurosamente.