El Caballo de hierro
El Caballo de hierro ¡Qué extraño comprender que el gran ferrocarril tenía su núcleo, su ímpetu y su terminación en semejante centro! Allí estaban los hombres de pulcro atavío, blandas voces sosegados ademanes entre los que Warburton y sus directores habían llevado a término la colosal empresa. ¡Qué enorme diferencia la existente entre ellos y los constructores! Neale contrastaba al apuesto Warburton y sus asociados con Casey y McDermott y tantos otros fornidos niveladores o ajustadores de la línea. Cada uno, en su clase, era necesario para la tarea. Aquéllos, los del Este, hablaban de dinero, de oro, como los otros, los del Oeste, podían hablar de grava o de arena. Fumaban y conversaban tranquilamente, riendo sus mutuas ocurrencias, considerando de pasajero interés lo que al oeste de North Platte era una tragedia; y en su ambiente había un aire de lujo, de poder, de importancia y una gracia singular que Neale sentía más que veía.
Lo sorprendente para él fue la ojeada que pudo echar al intrincado laberinto que envolvía la capital, las finanzas, el oro con que se construía la línea. Era un ingeniero habituado a las deducciones y, sin embargo, le habría sido imposible desentrañar la complicación de aquella monumental amalgama de negociaciones. Empero, le interesaba profundamente y gran parte del desprecio y de la repugnancia que en otros tiempos sintiera por los mercenarios relacionados con la obra, se le disipó allí rodeado de caballeros.