El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Una hora después, Neale acompañó a Warburton a la estación. El director tenÃa que tomar el tren para regresar a Nueva York.
—Váyase usted mañana —dijo Warburton—. Espero volver a verle pronto…, en Utah…, donde se clavara la última clavija. Ése será el dÃa…, la hora…, se celebrara simultáneamente en todos los Estados Unidos.
Neale volvió a su hotel, intentando determinar el punto vital que se le habÃa aparecido en la presurosa y aparentemente inútil Tornada. Su mente parecÃa un torbellino. Mas, ponderándolo, fue dándose gradual cuenta de que en la parte oriental o impulsora del plan reinaban los mismos espÃritus de malignidad y de misterio que existÃan en la occidental o constructora. Aquà estaban interesados, comprometidos, hombres de pro y de valÃa; allÃ, hombres no menos grandes sudaban y se agotaban y envejecÃan y morÃan. La diferencia estaba en que los obreros lo daban todo por un ideal, mientras los directores y sus socios no pensaban sino en el dinero, en los beneficios.