El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Neale procuro acallar lo que habría llegado a ser des precio; pero pensó que si aquellos financieros hubiesen podido ver la vida de los niveladores y peones como él la conocía, tal vez les habría impulsado un más noble motivo. Antes de quedarse dormido, concluyó que su viaje a Washington y la beligerancia concedida por las relaciones de Warburton habían inflamado en su corazón un mayor deseo de contribuir a la obra del ferrocarril que tanto amaba. Para él, el trabajo había sido algo por lo que había luchado con todas sus fuerzas, por lo que había arriesgado su vida. No solamente consagrado su cerebro a la creación, sino poniendo sus músculos al servicio físico del mayor de los grandes cargos.
Cuando por fin llego a Benton era de noche. ¡Benton y la noche! ¡Se le había olvidado! Un enorme gentío invadía la estación. Neale experimento considerable dificultad para salir de ella. Pero la excitación, la prisa, la discordante y ronca babel de innúmeras voces, eran insólitas a hora tal en aquel lugar, hasta para Benton. Gran parte de los presentes llevaban equipaje. Neale procuró informarse de lo que pasaba y alguien le dio una respuesta:
—¡La última noche de Benton!