El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Entonces comprendió. El inmenso y vil campo de construcción había llegado al fin de su carrera. Se desmoronaba, trasladándose, despoblándose. Era un éxodo. En las siguientes cuarenta y ocho horas, cuanto había sido Benton con su acumulación de vida o de trabajo, quedaría incorporado a otro, mayor y último campamento: Roaring City.
El contraste con el bellísimo Washington, la contraposición en su memoria de lo que allí había experimentado, la súbita inmersión en aquel sórdido, tenebroso y vocinglero infierno, produjeron en Neale una revulsión del sentimiento.
Y al deprimirse su espíritu volvieron las antiguas angustias…, la memoria de Allie Lee, las desesperantes dudas de su vida o de su muerte. Allende el campamento alzábanse lejanos los cerros, místicos, impenetrables, in variables. El saber que estaba muerta o viva, allá, entre ellos, sería un bendito descargo. Era el horror de Benton lo que temía.