El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Al momento, el segundo profesional anunció que estimaba como un favor el que se le permitiese salir a buscar dinero, abandonando presurosamente el local. Durade y Hough quedaron solos y la suerte fue del uno a otro, con alternativa, hasta que volvieron los otros. No vinieron solos. Los acompañaron dos individuos más, igualmente vestidos de negro.

—¿Podemos participar? —preguntaron.

—Con mucho gusto —asintió Hough.

Durade frunció el ceño. Aunque seguía favoreciéndole la suerte era evidente que no veía con agrado aumentarse la partida. La sensibilidad del sujeto a cualquier cambio se manifestó en el momento en que ganó la primera fuerte puesta. Desapareció el ceño volviendo su vanidad. Hough interrumpió el juego dando un golpe en la mesa con la mano. El sonido fue duro, metálico. Un observador atento habría comprendido que el profesional llevaba una arma en la manga, pero Durade no lo advirtió.

—Me molesta que ese hombre se incline sobre la mesa —dijo señalando a Fresno.

—¿De veras? —contestó el gigante.

—¡No se dirija usted a mí! —ordenó Hough. Fresno retrocedió ante la mirada del tahúr.

—No haga usted caso, Hough —protestó Durade—. Están todos excitados. Las grandes partidas les causan siempre el mismo efecto.


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