El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Cuando las sombras crepusculares empezaron a caer, Durade pidió luces. Un cenceño y felino mejicano vino a ejecutar la orden. Llevaba en el cinto un puñal que, con el resto de su atavÃo, dábale apariencia de bandido. Luego de encender, se acercó a Durade, diciéndole algunas palabras en español. El tahúr contestó con el mismo idioma. El mejicano salió. Uno de los jugadores, que perdÃa, se apartó de la mesa.
—Señores —dijo—. Si me lo permiten, iré en busca de más dinero con que continuar el juego.
—Ciertamente —dijo Hough. Durade asintió de mala gana.
Prosiguió la partida, acrecentándose su interés. Probablemente, el mejicano habÃa comunicado sus posibilidades o quizá Durade envió aviso. El caso fue que, uno a uno, sus subordinados fueron entrando.
—¿Ha cesado el juego afuera, Durade? —preguntó Hough.
—Hora de cenar; poca concurrencia —explicó Mull.
Hough miró al sujeto con adusta frialdad.
—No me dirigÃa a usted —dijo.
Durade salió de su abstracción para decir que con una partida grande entre manos no querÃa correr el riesgo de sufrir interrupciones. Hablaba francamente, pero no parecÃa sincero.