El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¿No serÃa posible llevárnosla de noche?
—No lo creo. Están todos despiertos y yo… vigilada, encerrada… Lo mejor será explotar la flaqueza de Durade; ¡oro! El oro le enloquece. Cuando se apodera de él la fiebre… serÃa capaz de jugarme a una carta…, de venderme.
Las pupilas de Hough refulgÃan como fuego en hielo. Abrió los labios para hablar, pero con rápido ademán se llevó a Ancliffe a la mesa. Apenas se habÃan sentado cuando entraron los otros dos jugadores, seguidos por Durade, que se restregaba las manos satisfecho.
—¿De qué se trataba? —preguntó Hough.
—Algunos borrachos que reclamaban lo que habÃan perdido.
—Y… se encontraron en la calle.
—Naturalmente. Mull y Fresno se han encargado de ellos.
Se reanudó la partida. Allie adivinó un cambio. El jugador Hough estaba ahora frente a ella y en cada carta que jugaba parecÃa haber una intensa resolución, una tremenda fuerza. Ancliffe abandonó pronto el juego, pero estaba fascinado contra su previa indiferencia. Hough, con su espÃritu y su arte, espoleaba a sus contrincantes, excitaba su pasión por el juego, actuaba sobre sus sentimientos. No obstante su buena suerte, Durade parecÃa ser el de menos talla. Los otros dos se aliaron contra Hough.