El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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XXVII

Cuando la bellísima desconocida salió dejándola encerrada, Allie Lee permaneció largo rato como en éxtasis, esperando a Neale.

Gradualmente, empero, otros pensamientos fueron acudiendo a intervalos a su mente. Aquella alcoba la afectaba de singular manera, sin poder a punto fijo determinar la razón. No era que experimentase temor alguno al hallarse allí, al contrario, se alegraba.

El miedo a Durade y a sus secuaces aún existía, pero contrarrestado por la certeza de una próxima liberación. Posiblemente el tahúr había muerto en su encuentro con Hough. Mas luego recordó haber oído a Durade hablar con Fresno y con Mull. Debían de estar sobre su pista. Habían visto a Ancliffe y no pasaría mucho sin que diesen con ella. Allie lo sobrellevó resueltamente. Estaba en el centro de una sangrienta y horrible realidad. Era inevitable. Quiso obligarse a no pensar en la proximidad del cadáver de Ancliffe…, en las facciones de Hough al ganarle a Durade su oro. Había algo magnífico en el gesto de Ancliffe trayéndola a un seguro refugio cuando estaba agonizando. Tan magnífico como la espléndida actitud de Hough al poner su cuerno como barrera a la cuadrilla de Durade. Allie adivinaba que aquellos dos hombres habían combatido y muerto por algo suyo, así como para salvarle el honor y la vida a ella.


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